Biografía

Antonio Cabezón¡Bravo nombre! Castrillo Matajudíos, junto a Castrogeriz. es un pueblecito burgalés que, por cierto, nada tiene contra los hebreos. Bien quisiera y pudiera llamarse Caserillo de Cabezón. Y no para olvidar viejas infamias,  que no las hubo, sino porque se considera con buen derecho a pregonar su mayor gloria. Allí nació Antonio de Caben, probablemente en marzo de 1510. Son tierras de pan. Por entonces Castrillo era un pueblo rico, con la riqueza de sus hombres y del trigo. Años s tarde. cuando la peste barre en un verano a más de un tercio de sus habitantes, un cura del lugar recordara con nostalgia aquellos buenos tiempos en los que habías de sesenta pares de labranzas” y buenos mozos para gobernarlas. Castrillo epobreció. La familia Cabezón, arraigada secularmente en Castrillo, tenía algo más que un buen pasar; conocemos los nombres de sus criados y de 1os pastores de sus ovejas.

 

CIEGO

Sebastian de Cabezón y María Gutiérrez tuvieron con el nacimiento de Antonio su gran alegría y su gran dolor. Era el primogénito. Pero nunca se emborracharían sus ojos con el cielo barrido de Castilla, ni con los tonos profundos de aquella primavera mesurada. Era ciego. Tenía cerrados muchos caminos. Su hijo Hernando escribirá, con el tiempo, que la ceguera no fue “sino particular provi­dencia de Dios, para que, acrecentándose la delicadeza del sentido del oír en lo que faltaba de la vista…,  alcanzase a lo que su gran ingenio comprendía. Sería músico. Y no un cualquiera, sino un astro de primera magnitud en aquella generación gloriosa del siglo de oro. Aunque no tuviera la suerte de ser oído y alabado por Fray Luis de León, como lo fue otro genial ciego burgalés, Salinas, nadie habría de regatearle en su tiempo el máximo encomio de “Orfeo español”

 

MUSICO
DE
REYES

No conocemos en detalle los pasos de su formación musical. Fue en Palencia, ciudad de saberes hondos, donde estuvo al servicio del obispo y donde tomó el pulso a la técnica musical de la época. Era un superdotado. A sus dieciocho años tenía suficiente preparación y renombre como para entrar al servido de la Emperatriz en calidad de organista. Esto significaba, por entonces, haber llegado a una cima.Su vida se desenvolverá ya siempre en la corte, como ministril de Carlos V,  y, luego, músico predilecto de Felipe II. Hasta que la Corte se afincó definitivamente en Madrid el a. 1561, Cabezón anduvo la mayor parte de su vida, viajero por todos los caminos reales de España, tras el soberano. Acompañaba siempre a Felipe II.Importante entre todos fue su viaje a Inglaterra, donde sus nuevos métodos influyeron en el panorama de la música británica. W. Byrd, a quien durante mucho tiempo ha considerado la historia como el primer organista clavicordista, no pasa de ser un tardío y afortunado imitador de Cabezón, quien determinó entre los ingleses una verdadera revolución artística a través de la llamada escuela virginalista. Años antes de que Byrd naciera, escribía ya nuestro Cristobal Villalón (a. 1538) “En el arte no se puede más expresar, porque dicen que –Cabezón- ha hallado el centro en el componer”.Ello fue posible no sólo al genio musical de Cabezón, sino también al favor constante que le dispensó Felipe II. Nuestro ciego es un de los pocos genios del arte que pudo vivir ajeno a las estrecheces económicas y entregarse de lleno a su tarea creadora: el Rey le asignó un salario fijo de 180.00 maravedía. Por otra parte , sabemos que a su vuelta de Inglaterra recompensó sus servicios nada menos que con el regalo de 1.000 ducados. 

 

LOS
SUYOS

A su amparo entró en la corte su hermano Juan, también músico de cámara. En Castrillo siguió al frente de la hacienda familiar Diego, a quien nuestro músico arrendaría, en un par de ocasiones, las obradas de labranza que le pertenecían.“Casó por amores”, al decir Zapata, con Luisa Nuñez de Moscoso, quien le dio cuatro hijos y le sobrevivió. No existe fundamento alguno para suponer, como algunos hicieron modernamente, que Cabezón fuera clérigo.Sí lo fue un hijo suyo, Gregorio, testamento además del maestro. Fue una lucida familia. Su hija Jerónima sabemos que entró al servicio de la reina de Bohemia. Otra, María, dotada generosamente por Felipe II, fue dama de la princesa Juana de Portugal. Finalmente, Hernando, fue notable músico, continuador en la corte de la fama de su padre y editor apasionado de sus obras.De los parientes enraizados en Castrillo apenas cabe destacar más que a su sobrino Alejo, bachiller, quien, debido al sistema beneficial entonces vigente en Burgos, tuvo paciencia para esperar nada menos que quince años hasta que llegó a contar entre los curas –tres eran- de su pueblo; por poco tiempo, puesto que fue víctima de la famosa peste. 

 

OBRAS
Y
FAMA

Según su hijo Hernando, sólo se imprimieron las “migajas que caían de su mesa”. Se refería al libro titulado Obras de música para tecla, arpa y vihuela, impreso en Madrid el año 1578, cuando hacía ya doce años que había muerto el genio maestro. Hernando recopiló y puso en cifras dúos, intermedios, interludios, salmodias, tientos, glosas y diferencias o variaciones.Aquel compendio incluía obras tan inolvidables como el canto del Caballero, La gallarda milanesa y la Pavanta italiana.La edición fue larga y no tuvo mucha venta en España, pero dicha obra fue una de las más decisivas para la evolución de la música europea. Según Subirá, “se adelantó en dos siglos a los grandes maestros”.Pedrell, que tiene el mérito de haber revalorizado entre los entendidos españoles la figura casi olvidada de Cabezón, le llamó el “Bach español”. Más acertado hubiera sido apodar a Bach “ el Cabezón alemán”, puesto que Cabezón le precede en siglo y medio. Fue precisamente la música alemana la que más partido sacó del gran español, a quien los maestros germanos rindieron siempre honradamente el tributo de admiración y gratitud. Sería fácil tejer un amplísimo florilegio de entusiásticas laúdes que elevan a Cabezón hasta los astros.Al nivel de los grandes pintores y poetas del siglo de oro español, Antonio de Cabezón a todos gana a la hora de sopesar su influjo en Europa.Murió en Madrid el 26 de marzo de 1566. Fue sepultado en la iglesia de San Francisco y allí se perdieron sus cenizas. Pero la memoria del genio no se pierde. Murió en su plenitud artística . todos se hicieron lenguas de su sencillez y cristiandad. Pasó por su alma la paz, cuajó en esencias castellanas y ofreció al mundo nuevos caminos. Bien está recordarle con orgullo y agradecimiento.

 

 N.L.M.

Burgos, 26 de febrero de 1996.  

 

 

NOTICIA BIOGRÁFICA

 

 ¿Cómo fue la vida de este hombre excepcional?Es fácil el resumen de los datos biográficos cabezonianos, ya que músico en la corte desde los dieciséis años y profundamente ligado a los acontecimientos de la Casa Real española  de cuya vida cotidiana formó parte en las ocasiones más solemnes o señaladas, en su condición de «músico de tecla», la historia y vicisi­tudes de su vida se supeditan a las mismas de Palacio y sus monarcas. Integrado desde su primera juventud en el equipo de artistas y oficiales que for­maba la Casa española de Carlos V, fue ya figura importante en los años de la emperatriz Isabel, en cuyo status doméstico tuvo la música encomendado un pa­pel tan primordial. Doña Isabel supo apreciar, desde su venida a España, el muy alto nivel de la capilla musical formada para ella.En particular cercanía aparece Cabezón respecto al príncipe Felipe, para quien siempre el ciego tañedor y su familia representarían durante los años futuros un renovado, muy cálido recuerdo de los años de su niñez: aquella primera época feliz hasta la muerte de su madre, en 1 539. Hasta un extremo tal que la presencia del arte del ciego será imprescindible aun en los dos grandes y aparatosos viajes (1538 y 1554) que el joven príncipe realizaría en la primera mitad de su vida. El arte de Antonio de Cabezón habría de ser, pues, lujo y testimonio, entre otras ocasiones, también en aquel cúmulo de efemérides brillantes que fueron los viajes por Italia, Alemania, Luxemburgo, Flandes e Inglaterra.

De esta afección del futuro Felipe II hacia Cabezón, existirían numerosas pruebas, aunque los documentos biográficos cabezonianos sean escasos, por su especial condición de invidente y de no saber escribir. Así, cuando en 1555 don Felipe recibe en Bruselas, con la abdicación de su padre, los Reinos de España, entre las primeras medidas de su reinado figurará la de recompensar a sus criados más destacados, y, en especial, a Antonio y familia. Los hijos y nietos de Antonio de Cabezón llegarían a ser, efectivamente, durante toda la época de los Austrias, gente muy cercana a la vida cortesana y oficial de palacio. Los distintos detalles biográficos que ilustran los sesenta y seis años de la vida de Cabezón, muy interesantes para el historiador y para el especialista en aquella etapa de nuestra cultura, no son, pues, sino un glosado en torno a este gran tema: su servicio y familiaridad con el más íntimo ambiente palaciego y hasta en la vida privada de aquellos monarcas, para lo que, en medio de sus atormentadas respon­sabilidades y ocupaciones de gobierno, el arte del ciego sirvió de solaz en las mejores horas de ensimismamiento y soledad.

Personalmente haríamos hincapié sobre los años anteriores a 1555, en especial los comprendidos entre 1526 y 1539 (casa de la emperatriz) y de 1539 a 1543 (edu­cación del príncipe hasta su primer matrimonio), en los que el tañedor burgalés asumiera parte directa en la formación artística —muy completa— de don Felipe. Este, en la primera época de su vida, aparece bajo una luz bastante más «humana» que aquellas tinieblas con que le han envuelto tantos historiadores, deslumbrados por los hechos y leyendas que ilustran los desgraciados años de la segunda parte de su reinado. Los grandes estudiosos cabezonianos (Pedrell, Anglés, Kastner) han destacado siempre la necesidad de devolver a esta primera etapa de Felipe II —concretamente hasta 1566, muerte de Cabezón— su objetividad serena y justa interpretación.

Antonio de Cabezón nació de una familia campesina en 1510. Su pueblo, Castrillo de Matajudíos, junto a Castrojeriz (Burgos) venera hoy todavía su nombre con orgullo y con respeto.

Según las hipótesis admitidas sobre la primera época de su vida, debió comenzar sus estudios musicales en el área Castrojeriz-Burgos, en esta última ciudad bajo los auspicios de su tío, don Esteban Martínez de Cabezón, canónigo de aquella catedral, que posteriormente fue el artífice de la marcha de Antonio a Palencia, al ser nombrado provisor general de aquella Diócesis (1520). Este personaje, clave en la vida del futuro músico real, gozaba de las más altas relaciones en la Cancille­ría de Carlos V, quien sin duda apreció con justicia la lealtad del provisor general al defender los intereses del rey frente al movimiento comunero. Cabezón, peda­gógicamente, aparece así en su niñez en la cercanía de Martínez de Bizcargui, en Burgos, y de García de Baeza, en Palencia. Poco más sabemos de su infancia. A pesar de su vinculación con los monarcas más poderosos de su tiempo, la per­sonalidad de Cabezón nos llega siempre con los recios acentos de su origen cam­pesino. En aquellos documentos donde se percibe su mismo lenguaje, así como las referencias directas que de su persona se tienen, nos lo reflejan como un ser entrañable y sencillo, con esa aristocrática y humilde laboriosidad del campesino castellano. Aquí radicaría uno de los secretos de la fuerza de su arte. Sus cualida­des éticas se ponen igualmente de manifiesto no sólo en su música, sino en cuan­tas ocasiones surgen aisladamente detalles sobre su vida y su trabajo. Desde sus primeros años palaciegos —Toledo, Valladolid la Corte de la empera­triz— su nombre aparece rodeado de una familiaridad evidente hasta en los do­cumentos de contaduría, donde se le registra con frecuencia como «Antonio» o «Antonio el ciego». Su popularidad no decreció, y cuando andando el tiempo se casase con la jovencísima Luisa Núñez —de la relevante familia abulense de los Núñez—, Luis Zapata, en su «Miscelánea», referirá el hecho con una frase entre socarrona y legendaria: «Casó por amores...» Algunos indicios parecen delatar la personal intervención de la emperatriz en el casamiento, que se celebró en la ciudad que sería desde entonces residencia casi habitual de la familia de Antonio y que enlazará su vida con uno de los ambientes más representativos de aquella ebulliciente España de entonces: Ávila. Cabezón llegaría a tener allí dos casas en la parroquia de San Juan (el barrio más noble, donde vivían los Núñez, los Ce­peda, Tomás Luis de Victoria...), en cuya pila bautismal por aquellos mismos años Francisco Núñez había sostenido a una niña vecina, cuyas andanzas correrán para­lelas a famosas aventuras del espíritu: Santa Teresa. Y en el convento de San Francisco de aquella ciudad —auténtica joya del Románico, hoy en ruinas— dis­pondría nuestro músico su enterramiento, aunque, por fallecer en Madrid, recibi­ría sepultura en el monasterio franciscano de la Corte y Villa.Calvete de Estrella había acompañado igualmente en sus viajes a Felipe II, y ya desde la época de Toledo, Valladolid y Dueñas conocía estrechamente el arte del ciego; había sido maestro de latín de don Felipe, después de suceder al cardenal Silíceo en este cometido. En la crónica del «Felicísimo viaje...», con ocasión del solemne recibimiento en Genova, se había referido ya al ciego burgalés como «Otro Orfeo de nuestros tiempos». La frase entera merece la pena su reproducción:

 

 «Llegado el príncipe a la Iglesia Mayor, fue recibido con una solemne procesión de la clerecía... Celebróse la misa de pontificial. Oficiáronla los cantores y capilla del príncipe con gran admiración de todo el pueblo de ver la solemnidad con que se hacía y con tan divina música y de tan escogidas voces, y de oír la suavidad y extrañeza con que tocaba el órgano el único en este género de música Antonio de Cabezón, otro Orfeo de nuestros tiempos.» 

 

Este primer gran viaje europeo fue sobre todo un conjunto de viven­cias e intercambios culturales y artísticos.Recuerdo muy querido para Cabezón supuso sin duda la estancia en Heidelberg, en la corte del príncipe elector palatino Federico y el recibir de éste un entonces preciadísimo regalo: una reliquia. Todavía hoy en la iglesia parroquial de Castrillo de Matajudíos, donde fuera depositado, se conserva encerrado en un precioso relicario policromado, el cráneo de Santa Laura y las dos bulas de legitimación firmadas por dos conocidos personajes de la Europa Carolina: el cardenal Madruzzio y el cardenal Poggio.

Particularmente interesante sería asimismo la estancia en los Países Bajos, a donde volvería Cabezón con su hermano Juan y su hijo Agustín en un segundo viaje, prolongando la jornada de Inglaterra (1554-55).

Las visitas a Ávila, de vuelta de estos largos viajes, fueron más o menos espacio­sas. Con su mujer y cinco hijos (Agustín, Gregorio, Jerónima, María y Hernando) estuvo afincada allí su casa durante años, y él mismo, en su testamento, se recono­cería «vezino de Ávila». Así el año 1556 lo pasaría entero allí. Antonio volvió también en algunas ocasiones —cuantas pudo— al solar familiar de Castrillo. Muy festivo recibimiento debió tributársele al llevar la reliquia reci­bida en Heidelberg. A final de siglo, los Cabezón (probablemente por iniciativa de los hijos María y Hernando) erigieron un lujoso altar a Santa Laura, hasta hoy perfectamente conservado.

Otro viaje trascendental fue el que con motivo de la boda de Felipe II con María Tudor realizó Cabezón a Inglaterra. La estancia de nuestro músico allí (13 julio 1554 al 29 agosto 1555), en plena madurez de su arte, fue una gran ocasión que benefició sobremanera la entonces no tan evolucionada escuela de virginalistas ingleses. Los encuentros con Tallis y la capilla musical de la reina María formaron parte de ese renovado impulso técnico que, coincidiendo con esos años, recibió en toda Europa el arte clavierístico. No sólo en el arte de la variación sino en la consideración general del teclado como algo capaz de conmover y proyectar. Esto ha sido sobradamente demostrado por los trabajos de Santiago Kastner, quien a lo largo de tantos años, con su experta pericia y extraordinarios conocimientos del caso, ha abogado eficazmente por esta gran verdad.

Este hecho, hoy gracias a él ya indiscutible, reclama para Cabezón un importante papel incluso en el posterior y brillantísimo desarrollo de la escuela de teclado inglesa, que llegaría en el transcurso del siglo a la apoteosis de William Byrd (1543-1623), junto con Purcell, el más importante músico de Inglaterra y autor de un impresionismo al teclado que requeriría aquí muy sustanciosos comenta­rios.

Estos viajes fueron duros para el ciego y su delicada salud. Pero las recompensas del rey fueron extraordinarias: aumento de sueldo a ciento cincuenta maravedís anuales (treinta mil más) con cincuenta mil de pensión vitalicia. «... Y es de mi voluntad acatando lo que nos ha serbido y sirbe...» (dice textualmente Felipe II en su Cédula). Expresamente por la jornada inglesa recibió también un año de vacacio­nes (Castrojeriz y Ávila) y 1.000 ducados de dote para el casamiento de la hija menor, María, a la sazón ya admitida «Dama de la cámara de la princesa doña Juana».Del emocionado recuerdo de sus hijos, testimonia directamente Hernando cuan­do incluye en su edición un muy vivo retrato del tañedor Real: 

 

... Esta excelencia alcanca en tanto grado la música, que aunque ha tenido grandes ingenios y abilidades en su professión, son pocos los que en ella han tenido gran nombre, y entre esos pocos se puede afirmar con mucha verdad averie merecido y conseguido mayor Antonio de Cabezón auctor deste libro, de cuya fama, aun queda lleno el mundo, y no se perderá jamás entre los que preciaren la música. Fue natural de la montaña, y ciego desde muy niño, y no sin particular providencia de Dios, para que acrescentándose la delicadeza del sentido del oyr en lo que faltara de la vista, y duplicándose en el aquella potencia, quedase tan arentajada y subtil que alcancasse a lo que su gran ingenio com-prehendía. y sosegada por otra parte la ymaginatira de las especies visibles que la suelen inquietar, estuviesse atenta ala alta contemplación de su estudio, y no estorrasse las ma­ravillosas obras, que para gloria y alabanca de su criador ordenara y por su mano tañía con tan gran admiración de cuantos le oyan:Es Dios tan liberal en las recompensas que da por lo que a los hombres quita, que por el usufructo de la vista corporal que quitó a Antonio de Cabecfin, le dio una vista maravi­llosa del ánimo abriéndole los ojos del entendimiento para alcanzar las subtilezas grandes desta arte y llegar a ella a donde Hombre Humano jamás llegó. Y bien se parescio aver rescibido este don, de su ingenio de mano de Dios, pues fue como origen y principio de una singular virtud y christiandad, en que no menos se aventajó en su vida, que en las obras de su música, sirviendo a nuestro Señor no sólo con el armonía della pero con aquella rara suerte de música, que Sócrates dezía, concordando sus buenas obras con sus palabras sin caer en la reprehensión que Diógenes haze a los músicos de su tiempo que. sabiendo templar las cuerdas, no sabían templar las passiones de su ánimo. No fue des tos el buen Antonio de Cabecfin. ni alabó menos a Dios con su coracpn que con sus manos, enderezando siempre a su gloria los studios e invenciones desta arte, sin tener otro fin, no se ensoberbeciendo por lo que en ella alcancf, ni teniendo en menos a los que menos sabían, antes honrrandolos a todos, y estimando sus cosas, y alabándoles lo bueno que en ellas avía mostrando dessear el de poder hazer otro tanto. Lo qual hazía con gran senzillez, sin género de Ironía, o dissimulación, y de su grande humildad procedía no sólo no estimarse por consumado ni perfecto en lo que professava pero aun tenerse siempre por discípulo, estudiando a la contina. Y aun reprehendiéndose assí mismo, quando no alean-cava algo de lo que su desseo le proponía. No se alcp con este talento maravilloso, ni dexó de comunicarlo a quantos el pudo enseñar que fuessen capazes dello: aunque fuessen muy pobres, porque no le movía cobdicia ni interesse, sino para charidad y virtud. Y assi no se conténtala con enseñarles el arte: pero los aconséjala, y amonéstala, siempre sirviessen a Dios, st querían aprovechar en ella.Con estas y otras muchas virtudes que tuvo alcancp ser tan umversalmente bien querido de quantos le conocían, que realmente no ay cosa que más bienquistos haga los hombres, que la virtud, porque la excelencia de ingenio sola, no mueve amor en los que la conoscen. sino admiración e iuridia. Destas dos consequencias tuvo siempre Antonio de Cabecon por suya la primera dexando ocupados tanto con el lo los unimos de los que le oyan. que la segunda nunca halló lugar donde entrar, porque no suelen los hombres tener embidia de las cosas de que no se juzgan ser capaces. Y ninguno huvo tan loco, que no rindiesse sus fantasías a la grandeza de ingenio que en Antonio de Cabecfin se conocía. Lo cual se entendió assi no solo en España: pero en Flandes y en Italia, por donde anduvo siguiendo y sirviendo al catholico Rey don Philippe nuestro señor de quien fue tan bien querido y estimado quanto pudo ser hombre de su facultad de Rey ninguno, y aun en demostración desto hizo sacar su retrato: y le tiene oy en dia en su Real palacio. Estas jornadas y ocupaciones, no le dexaron escrevir como lo hiziera si tuviera quietud y tiempo, y assí lo que en este libro va, mas se pueden tener por migajas que cayan de su mesa, que por cosa que el huviesse hecho de proposito ni de assiento, por que no son mas que las lectiones que el dava a sus discípulos: las quales no eran conforme a lo que sabía el Maestro, sino a la medida de lo que ellos podían alcanzar y entender. Pero con todo esso se conocerá en ellas lo mucho que este insigne varón supo y quien dello se aprovechare, es bien que conservando la grata memoria del auctor, enderesce como el hizo: a la gloria y honrra de Dios lo que estudiare y supiere, pues con todas artes y más particularmente con esta, quiere ser alabado.» 

 

Cuando el 26 de marzo de 1566, fallecía Antonio en Madrid, Felipe II mandó a su pintor Sánchez Coello hacer el retrato de su músico desaparecido, que después puso en sus aposentos de palacio. Destruido en un incendio, se perdió posterior­mente también su tumba en la construcción de la nueva fábrica de San Francisco de Madrid. El epitafio recogido por Nicolás Antonio decía:

EN ESTA SEPULTURA YACEAQUEL INGENIO ESCLARECIDO, ANTONIO,OTRORA GLORIADEL PRIMER RANGO DE LOS ORGANISTAS.CABEZÓN, SU APELLIDO, ¿A QUE NOMBRARLO, SI SU NOBLE FAMAVIVE EN LA TIERRA TODAMIENTRAS SU ESPÍRITU EN LOS ASTROS VIVE?MURIÓ. AY, LLORÁNDOLOLA CORTE DEL REAL FELIPE ENTERA:TAN RARA ERA LA JOYA QUE HA PERDIDO.

(Traducción: Francisco Vizoso)

Hoy nos queda sólo quizá lo más importante: su obra. 

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