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Estética PDF Imprimir E-Mail

SU ESTÉTICA

 

El sutil lenguaje de su música —serenidad, elevación, claridad de ideas—, apo­yado por primera vez en los recursos propios de los instrumentos de tecla, va a hacer avanzar en muchos lustros, con su genial intuición y dotes técnicas, a la música de su época. Su inspiración va a llegar a desbordar en muchos casos las mismas posibilidades físicas del instrumento, pareciendo como si su ceguera hu­biera acentuado excepcionalmente su capacidad de abstracción e informalismo, llegando a alcanzar por estas vías muy altas cimas de interioridad y trascendencia. Aparte de sus valores estéticos y artísticos, pensamos que aquel momento del teclado representa hoy un campo de trabajo muy útil para una época como la nuestra de exigencia revisora y apertura de formas. La «modernidad» de Cabezón es en efecto constante sorpresa, y la problemática de alguna de sus «situaciones» de creación, en extremo interesante y fructífera. Y para esa vertiente empeñada­mente analítica en que se mueve el arte de nuestro tiempo, pueden ser «lección» importante estas estructuras nacidas en una situación de cruce entre momentos tan fundamentales de nuestra cultura: Edad Media y Barroco. Con elementos de uno y otro es «inventado» este estilo, armónico equilibrio desde la dimensión «interior» de su ser renacentista: una técnica que sabe fundir intimismo y color con densidad expresiva, emoción y disciplina que prestan a su mensaje el más singular atractivo. Y sus Tientos, Diferencias, Versos, Himnos, Glosas, no son sino el resultado de aquella síntesis, resumen de una época y primer eslabón de un  «tiempo nuevo».

 

Pero en su obra todo nos enriquece e interesa principalmente por el aliento hu­mano que, tras sus cifras, nos llega de su colosal personalidad: ciego, introvertido, místico, poseído por su talento creador consiguió a lo largo de su vida ese estadio de concentración y cuantía técnica, capaz de dar soporte a las manifestaciones de un genio musical de primer orden.

 

Se le ha llamado el Bach español, pero sus páginas, ocurridas ciento setenta y cinco años antes de las del gran «padre de la música», tienen en sí su propia razón y significado. Su música fluye a manera de meditación musical «concéntrica», y como experimentación de una «libertad» de creación que une a la fuerte im­pronta simbólica del material heredado una cálida comunicación personal. Esto es lo que hace de su lenguaje teclístico un asunto tremendamente vivo, actual, sin extrañarnos que su «visión» en los enriquecidos recursos que la historia ha depo­sitado en nuestro instrumento de teclado de hoy —el piano— sea reveladora, increíblemente auténtica.

 

Su producción aborda todos los géneros usados por la música instrumental de la época: son como las últimas vidrieras del Gótico, alentadas ya por el ímpetu rena­centista, por una presencia personal que, por desarrollo técnico y «luz» instru­mental, viene a ser ya denso y original Barroco. Un Barroco —como el de Teresa de Jesús— a la hispánica, «entre Dios y entre los pucheros», donde el más deci­dido ensimismamiento corre paralelo a una diafanidad móvil y audaz, no reñida con ese realismo práctico que es, en su base, consecuencia de viejos saberes arte­sanos. En su obra Cabezón nos hablará a través de un «sentido» instrumental no importante por complicaciones externas, pero «transido» de vivencias interiores. Sus composiciones delatan las «obradas» de aquel espíritu suyo, sosegado y exi­gente, seráfico como un canto de río, pero tenso como el «buen pan» de sus tierras de Castrojeriz... («limpio, seco y enjuto», dirá el propio Antonio de Cabezón en un documento de arrendamiento de 1563). Burgos es tierra alta, país de frío, donde las intuiciones de lo sensible penetran como el arado bajo la tierra gélida. Castrojeriz une raigambre a silencio, y Castrillo de Matajudíos (sobre él hay mu­cho que hablar) es el pueblo más entrañable y radiante que he visto en mi vida. Esto es Cabezón: historia, individualidad, «misterio»... Difícilmente ha hablado el espíritu castellano de una manera más transfigurada y certera como en las medita­ciones musicales de «Antonio el ciego».

 

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